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In Spain we call it soledad” de Rigoberta Bandini

A los dos les gustaba escuchar música juntos, compartir sus temas comunes y los que acababan de descubrir; aquel día de verano era lo hacían en el coche. Jaime vivía en el extranjero y había venido unos días a España, a la playa, para pasarlos con su hermana. Entonces ella puso “In Spain we call it soledad” de Rigoberta Bandini, una intérprete de la que hasta aquel momento no había tenido noticias. Sonaron los estribillos: (…) In Spain we say “it's amargura” In Spain we say “ay, me desangro” In Spain we say “qué coño hago” In Spain we say “joder qué largo” In Spain we call “it soledad, ah ah ah ah” (…) In Spain we say "it's amargura" In Spain we say "ay, qué desastre" In Spain we say "ay, me desangro" "Llama a alguien, qué me muero Que te quiero pero, ay, qué me muero" In Spain we call it soledad –Joder, qué retrato tan acertado –exclamó el hermano ojiplático –¿Y esta tía quién es? Ponla otra vez, ponla otra ve...

Un día de sol

El sol, que atravesaba el cristal de la ventana de su dormitorio, le despertó calentándole primero la nariz y luego la frente. –Sol y hoy libro –pensó con pereza al bostezar –por fin. Y en dos movimientos continuos, casi coreográficos, se desperezó y se encogió abrazándose a la almohada para, inmóvil, recoger todo el calor posible. El cielo de los meses pasados había estado completamente encapotado y el único sol que se asomó durante este tiempo lo hizo por la pantalla del ordenador o por los carteles de las salas de bronceado. –Hoy no me levanto –fue lo segundo que se dijo –tengo todo el día para mí.   En la calle no se escuchaba nada, ni gente, ni pájaros, ni tráfico. Solo silencio. Quizás porque en ese momento sus vecinos se estaban entregando al mismo placer que él. –Desde luego no estaría mal –sonrió. Pero si hubiera sido así, al menos, se habría escuchado algún gorrión trinar de felicidad y tampoco era el caso. ¿Entonces qué? Tal vez se encontraba dentro de su propio sueño, u...

El pastorcillo mentiroso

El pastorcillo mentiroso Me pregunto si los padres de hoy seguirán contando cuentos clásicos a sus hijos como se hacía antes de que internet llegara a nuestras costas y nos colonizara con la gratificación permanente del posibilismo. A veces da la impresión de que no. Desde luego sería una pena que esta buena práctica se haya perdido entre tanto navegar y navegar por mares virtuales de posibilidad; que a los más pequeños se les haya privado de esta herramienta tan útil para construir el mapa de un mundo por el que, años más tarde, sí o sí habrán de transitar. A estos clásicos pertenece, entre otros, El pastor mentiroso. Ya sabéis, la fábula de Esopo en la que se narra la historia de un joven que se divertía atemorizando a sus vecinos mientras cuidaba del ganado. –¡Socorro! ¡Qué viene el lobo! –gritaba desde las más ventajosas de las cumbres y los más privilegiados de los peñascos para poder ver a los aldeanos subir presurosos, armados de valor y aterrados (valga el oxímoron); disp...

Juego de niños

Ay, los juegos de niños. Qué grandes momentos. A través de la ventana veo a unas cuantas niñas y niños jugar. Ahí están ahora corriendo y gritando, libres, todavía sin saberlo. Observarlos te llena de alegría y, a veces, de agradables recuerdos. Porque, aunque en mi infancia no había un parque tan verde y mullido como el de ellos, sí una larga calle con salida a un monte repleto de olivos. Y todo era para nosotros, los que andábamos por allí. Nuestro territorio de risas, travesuras, magulladuras y moretones sin más fronteras que las copas de los árboles y las puertas de las casas que flanqueaban nuestro jolgorio cada mañana, tarde y noche, sobre todo en verano. En aquel pedacito de mundo hacíamos de todo, de todo a lo que nuestra imaginación y ansias de aprender nos avocaba. Entregados a la diversión, íbamos adquiriendo habilidades sociales, psicomotoras o emocionales sin darnos cuenta gracias, sobre todo, a juegos como el guiso, el mate, el escondite, las cabañas, el sota-caballo-rey,...

Stacy Malibu

  Stacy Malibu El otro día, la realidad se volvía a confundir con la ficción. Concretamente con el capítulo de Los Simpson en el que por fin se le pone voz a la muñeca Stacy Malibu, que viene a ser la Barbie de nuestras jugueterías. En este episodio, Lisa, la hija mayor, ilusionada ante el evento que supone que por fin Stacy Malibu tenga voz propia, organiza con pompa a todas sus muñecas en lo que parece una conferencia internacional de altas mandatarias; las coloca en torno a la recién llegada para que escuchen lo que esta tiene que decir. Así, cuando todas ocupan su lugar, la niña mete el dedo en la anilla que cuelga de la espalda de la muñeca, tira y esta se manifiesta. “Vamos a hacer galletas para los niños”, es lo primero que dice la nueva Stacy. Con la cara de pasmo que le ha dejado tal banalidad, Lisa tira otra vez del cordel: “Vámonos de compras”, propone ahora la exuberante rubia. Y la niña vuelve a tirar de la anilla, estupefacta al oír dos estupideces seguidas. “No me pr...

76500

  Y el príncipe buscó a aquella misteriosa jovencita por todas partes. Junto a su séquito fue pegando incansablemente de puerta en puerta hasta que, por fin, tras largas y agotadoras jornadas, la encontró. Valió la pena tanto esfuerzo. Allí estaba ella, tan cándida postrada ante él, dispuesta a mostrarle sus piececitos. La más bella y delicada flor de su reino, el más hábil de los seres capaz de andar y bailar toda una noche sin romper los zapatitos de cristal que llevaba. -¡Guau! ¿Toda una noche con zapatitos de cristal sin romperlos? ¡Imposible!, -exclamó de repente una doncella casadera del reino de al lado cuando se enteró. -Sí, que yo lo vi, -le respondió otra que estaba con ella. -Pero, ¿de cristal, cristal? -Del más fino. Que yo estaba allí cuando uno de los dos se cayó y se hizo añicos. -¿Y a quién se le cayó? (…) Pues eso, -continúa el narrador-. ¿Cómo no iba a buscar el príncipe a menudo portento capaz de bailar toda una noche en zapatitos de cristal? El...