Al este del Edén
Vivimos en un barrio muy sucinto, se llama Mülheim y me parece que representa muy bien la rúbrica de nuestro mundo.
Aquí, el este es igual que el del Edén, para los malditos. Acabo de llegar de comprar calorías y otras sustancias con las que fluir y en el camino no encuentro nada distinto, la estampa es la habitual a la de todos los días en esta parte: suelo roñoso, edificios grises, palomas mutiladas, papeles aplastados, coches a todo gas, aire polucionado, supermercados solo de dulces, tiendas de a un euro (o menos), zapaterías de ocasión, numerosas farmacias una junto a otra, romaníes y kurdos tocando en tal esquina y en aquella también, eslavos rapados en pareja a paso firme, turcos depilados y embarrigados, africanos con alegres y exóticas ropas estampadas, alemanes hundidos en el alcohol, jóvenes okupas, mendigos a las puertas de los negocios, asistentes sociales asistiendo, chanclas arrastradas, mechas descoloridas, pagos en caja con fajos de billetes, cajeros estresados por el infernal pitido de lector de código, plástico y azúcar, mucho plástico y azúcar en las cintas de las cajas registradoras… De pronto, caen tres gotas que mancilla el ambiente aún más.
El este nos da a todos un aspecto común
al de los perros abandonados que buscan entre cubos de basura. Sin embargo, en
el oeste la cosa es diferente, solo apta para canes de buen pedigrí. A cuatro minutos a
pie de lo descrito, lujosos edificios de viviendas acristaladas, aterrazadas
y abalconadas se levantan tras extensas parcelas de fresca y mullida hierba
frente al río Rin, grandes casas decimonónicas otorgan empaque histórico de
pasado industrial y protestante, coquetos cafés y presumidos restaurantes despliegan
sus atractivas terrazas bajo calidos ventanales... En el oeste, lo habitual es que el sonido de la risa y
el olor a flores y fina barbacoa disuelvan las vulgares conversaciones de dinero.
Hoy, antes de salir a hacer esta fotografía narrativa, he escuchado otra nueva barbaridad de esas tan comunes actualmente en los medios de comunicación. Un empresario hotelero de una ciudad costera
proponía asignar las limitadas plazas disponibles en las playas a consecuencia del COVID19 a los clientes de los hoteles, para, según
él, garantizarles el derecho por el que pagan.
El dinero, siempre el dinero comprando
derechos, levantando muros al este del Edén.
He dicho.
Elromeroenflor
Me encanta
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