Las preguntas de Cecilio: El retrato de Charles et Georges Durand-Ruel

 

El retrato de Charles et Georges Durand-Ruel

La semana pasada Cecilio estuvo de vacaciones en una gran ciudad, así que aprovechó la ocasión para visitar algunos de los museos de pintura impresionistas que esta atesoraba. Como en otras ocasiones, estaba dispuesto a dejarse embelesar por la destreza y los motivos de las telas de esos maestros que tanto admiraba.

Ya en el primer museo, esperó una hora de cola sin importarle la lluvia, pagó la entrada sin tener en cuenta el precio y esquivó con gracia acompasada las bandadas de turistas que bajaban hambrientos por los laberintos de escaleras. Todo, con tal de llegar a la cuarta planta, la que más apreciaba. Y una vez que entró aquí, suspiró y sonrió, como volátil, al ver que las pinturas seguían ahí, inmutables, chisporroteando todos sus pigmentos; apenas sin sombras, siempre vibrantes.

Sin más dilaciones, Cecilio empezó tabla por tabla el recorrido de lo que serían sus vacaciones. Sin embargo, comenzó a suceder que, según avanzaba, la entrega y el apasionamiento con los que había arrancado se fueron marchitando, languideciéndose. Algo no cuadraba, pero no sabía qué era, y tuvieron que pasar dos días y tres exposiciones más para que a Cecilio, mosqueado y casi sin pegar ojo ante tal extrañeza no identificada, se le dilataran las pupilas ante lo que se le reveló como una evidencia.

Porque el joven devoto se percató de algo que hasta entonces no había hecho. Y era que en todos los cuadros de este período que había visto hasta el momento, y que eran muchos, cuando había una representación del deseo o del afecto, solo se hacía a través de la figura de las mujeres y nunca de la de los hombres. Por un lado, ellas aparecían solas o acompañadas, desnudas o vestidas, como objeto (del más voraz o sutil apetito) o en múltiples contorsiones afectivas. Por otro, ellos, siempre vestidos y, salvo cuando pretendían a alguna mujer, distantes.

Cecilio estaba en shock. Siempre había creído que en este tiempo del arte se había exaltado el hedonismo del individuo frente a unas circunstancias sociales calamitosas. Es decir, eso de que frente al dolor, el gozo y frente a la precariedad, el carpe diem. Disfrutar, sin más, desde el instinto primario. Pero acababa de descubrir que esta afirmación no era del todo cierta; que la era solo en parte pues, como en tantos otros períodos artísticos, se tenía la misma mirada constreñida hacia mujeres y hombres. 

En una especie de placentera decepción, deambulaba Cecilio como perdido por las salas del museo mascullando esta idea; se preguntaba si no estaría exagerando. Entonces, sin esperarlo, se topó con el retrato de “Charles et Georges Durand-Ruel” de Auguste Renoir, en el que uno de los dos hermanos que aparecen representados, pasa el brazo por detrás al otro, en una tierna muestra de afecto. ¡Vaya! -exclamó para sus adentros- justamente. Después de mirarlo detenidamente, se acercó a la descripción que había en uno de sus lados y leyó. 

Aquella pintura era fruto de una serie de trabajos que el pintor francés había hecho por encargo de esta familia, los Duran-Ruel, durante el tiempo que había pasado con ellos en su casa. Parece ser que, a diferencia de los otros retratos en los que pintó al resto de miembros, este no fue bien acogido precisamente por mostrar, así tan explícitamente, el afecto entre dos hombres, por muy hermanos que fueran. 

-Vaya -repitió Cecilio para sus adentros cuando llegó al punto final del párrafo y antes de decirse: -Cuanto daño ha hecho la masculinidad tóxica a las mujeres, pero también, cuanto daño ha hecho a los hombres. Menos mal que hoy vivimos otros tiempos -Y se alegró de oírse decir eso, pero también sintió una profunda compasión por todos los hombres que nunca habían podido ni tampoco podrán vivir sin vetos, en la verdad del deseo y del afecto.

Elroemeroenflor

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Fresno

Las preguntas de Cecilio: El retortijón

Las preguntas de Cecilio: El portazo