Las preguntas de Cecilio: El retortijón
Hacía tiempo que no se lo pasaba tan bien. Aquella noche, Cecilio se corrió una de esas farras memorables que tanto le gustaban y de las que hacía tiempo no disfrutaba. Por eso, a la mañana siguiente se levantó con la hora tan justa que ni siquiera se acordó de sacar algo de dinero del cajero para los “por si acaso” del viaje de cinco horas que se disponía a hacer en tren. Al final llegó a la estación con diez minutos de antelación, así que fue a comprarse un café que le espabilara.
Encontrándose en la cola del quiosco de bebidas, impaciente por que llegara su turno, de pronto, Cecilio tuvo un fuerte retortijón seguido de unas ganas inapelables de defecar que le poseyeron por completo. -¡Oh, no! -exclamó para sí-. Ahora no... Consciente de la seriedad del aviso, salió disparado en busca de los servicios guiado por las indicaciones de los paneles que se iban salpicando en el profundo horizonte del pasillo de la estación. Sin embargo, justo cuando suspiraba aliviado al ver el reflejo malva de las luces led de los baños, se percató de la ranura de monedas que había junto a la barra de paso. Había que pagar y él no llevaba nada de dinero encima. Sin otra posibilidad que la de pedirle el favor de pasar a la persona que se hacía cargo de la limpieza, se puso a llamarla a voces. -Es que no puedo, amigo -le respondió este muy amablemente. -Ay, si yo pudiera -continuó-, si yo pudiera, iba a estar yo aquí. Y el técnico de limpieza desapareció entre las puertas malvas metalizadas de los sanitarios, dejándole con la súplica en la boca y el anuncio de una explosión fecal inminente.
Desesperado, Cecilio corrió hasta los andenes, quizás su tren ya estaba apostado. Pero no, cuando buscó el número de vía en el primer monitor que encontró, vio que este traía unos minutos de retraso. -No puede ser -se dijo casi con lágrimas en los ojos. -No puedo esperar más. Así pues, sin pensárselo dos veces, se dirigió casi sin aliento hasta la calle para, una vez aquí, seleccionar dos coches, acuclillarse entre ellos y, por fin, liberarse de tremendo fardo. -Oye, perdona, ¿tienes un clínex? -oyó de pronto que alguien le preguntaba. Debido a la premura del asunto, Cecilio no se había dado cuenta de que a su lado había otra persona que, apurada como él, había tenido que ponerse también a hacer sus necesidades más básicas allí mismo. -Sí, claro -le respondió-, toma. Y le dio uno de los tres pañuelos de papel que llevaba con él.
Unos minutos más tarde, mientras Cecilio todavía saboreaba la liviandad de su vientre, sentado tranquilo en el tren, pudo ver cómo su vagón pasaba por delante de los dos coches entre los que acababa de dejar el recuerdo de la farra de la noche anterior. Entonces se preguntó: ¿Por qué esta manía de privatizarlo todo? ¿Es que acaso cagar también da beneficios? Pero vamos a ver, ¿es que no es la higiene una cuestión de salud pública? Entonces, ¿por qué nos restringen también los baños?
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