El Fresno
No era la primera, pero sí probablemente la última para muchos. Esta sequía duraba ya demasiado tiempo en El Fresno, de modo que las últimas reservas de agua se estaban agotando. La situación era tan crítica que las restricciones a la que se tenía sometida a la población desde hacía varias semanas habían tenido que irse ajustando hasta dejar que, finalmente, fueran los algoritmos quienes decidieran qué individuos podían beber y cuánto. “Una escasez sin precedentes”, se subraya entonces tanto en posts como en tabloides.
Ciertamente, el paisaje de El Fresno era desalentador pues allí donde había existido grandes extensiones arbóreas y generosos manantiales de agua, ahora solo quedaba el polvo de la tierra seca que, empujada por el viento, subía y bajaba por las calles y se remolineaba entre los edificios de la ciudad, en otros días más lustrosos.
De todos estos edificios, el más apreciado por los fresneros -que así rezaba su gentilicio- era el de la gran central de datos. A todos les encantaba presumir de él, no solo porque su despampanante diseño siguiera compartiéndose años después en redes y motivando la creación de decenas hashtags, sino también porque su apertura les había catapultado hacia una modernidad sin precedentes por la que, por fin, estaban hiperconectados. -Señores: ¡El Fresno y los fresneros ya estamos en el mundo! -dijo el alcalde con orgullo el día de la inauguración-. ¡Viva El Fresno! ¡Y viva la madre que lo parió! -¡Viva! -replicaron los asistentes.
Por eso, cuando los algoritmos pusieron en marcha el proceso selectivo al consumo de agua y los sedientos aumentaron, pasó que los vecinos comenzaron a prestar más atención a las voces que desde hacía tiempo venían advirtiendo del gasto hídrico que suponía el refresco de tal central de datos, y por ello, a reunirse en tímidas manifestaciones y a organizarse en distintos comités, entre ellos el de la sed, eso sí, constituido en la darknet. Un alboroto que, a pesar de los esfuerzos de las autoridades y sus partidarios para frenarlo, fue subiendo el tomo de sus reproches mientras la escasez era mayor y las imágenes de desesperados por deshidratación se hacían con todos los likes. Aquellos fueron días de gran agitación y poco descanso, en los que unos acabaron unidos y otros enfrentados, sedientos, confundidos y sumidos en un gran dilema vital: agua o hiperconectividad.
Así, cuanto más acuciante se fue haciendo la sequía, más fresneros ávidos de agua corrían con las pocas fuerzas que les quedaban hasta las puertas de la gran central de datos para reclamarla. Al principio sus protestas y demandas fueron escuchadas y su enfado apaciguado con el convencimiento de las palabras. Luego, cuando la indignación se transformó en rabia y sed, y estas, en revueltas y tentativas de boicot de la red de suministros hídricos, se recurrió a otro convencimiento, el de la fuerza de haters y antidisturbios, a los que, por cierto, los algoritmos les seleccionaban para beber.
Y fue en una de estas intentonas desesperadas de las hordas sedientas por hacerse con las reservas de la gran central de datos, cuando Juan, un fresnero más y antiguo jefe de área del polo digital de “Estudios y Desarrollos para la Biomecánica de El Fresno”, con su cámara en mano, grabando y compartiendo directos en redes sociales, se desplomó como consecuencia de la severa deshidratación que sufría. Entonces, en pleno colapso, siendo testigo de cómo su vida ponía fin, miró la pantalla del móvil, dio like a una notificación que acaba de recibir, hizo un selfie de su agonía, lo compartió y murió de sed apretando el móvil con su mano.
Fin.
Comentarios
Publicar un comentario